Querida Corona Virus Universal

Quisiera decirte que te veo, y tu nos ves. Siendo tan diminuta, eres inmensidad.

Hay algo sagrado, poderoso, incomprensible en lo diminuto. Corona Virus quiero llamarte Estrella Diminuta. Para conversar contigo, no me importa si estás viva o muerta, si eres algo o eres nada. Aunque fueses nada, serías algo como dice mi hijo. Te nombramos: eres. Aunque fueras una microbio que trae enfermedad –vida que trae muerte-, sinceramente no te resiento; ¿será ésta otra de las irresponsabilidades de quienes no estamos en guerra contigo?

¿Será que con estas palabras podamos resquebrajar la ilusión que te cosifica, que te etiqueta como un objeto ubicado en el plano cartesiano de la (supuesta) realidad?

Paradojalmente, nuestra cultura científica tiende a reducir todos los fenómenos de la vida a lo explicable, a lo intelectualizable. Sin embargo, ¿a tí cómo podríamos reducirte si eres la más pequeña estrella del universo?

La maravillosa estrella grande, adulta de nuestro sistema solar nos tiene acostumbrados a señalarnos cuál es el día y cuál es la noche, qué es lo bueno y qué es lo malo. Todo escrito sobre ti, necesariamente debe distinguir qué es bueno hacer, y qué es malo hacer. Mas en esta conversación contigo, tu no me hablas de lo bueno y lo malo. Ni intento yo llegar a conclusiones sobre lo que “hay que” hacer y lo que no.


Gracias por el tremendo trabajo que has hecho por detenernos. Detener nuestras rutinas, detener nuestra percepción. Es realmente increíble, inédito e inapreciable. Estoy seguro que no tengo palabras que le hagan justicia a lo valiosa que ha sido esta disrupción civilizatoria.

Gracias por entre-tejernos a todos los humanos. En este momento como nunca nos sentimos conectados por ti, cada ser humano con cada ser humano en cualquier parte del planeta. No lo puedo creer.



Divino pedacito de divinidad, pues no eres otra cosa que eso. Te tememos porque eres capaz de atrocidad. Sería demasiado tonto e irresponsable no cuidarse de ti. Hemos de tomarte en serio; tomar medidas drásticas mientras antes mejor.

Si perdemos todo


Sin embargo, aquí en Chiapas, sur de México, es difícil imaginar cuarentenas, calles vacías y metro y medio de distancia social… Aquí no somos tan educados por el conocimiento global adulto. Por distintos motivos, la narrativa preponderante se nos hace ajena (y al mismo tiempo propia).

Podríamos perder lo que más valoramos, nuestros seres queridos o la vida misma (qué valioso darse cuenta de lo mucho que apreciamos nuestra vida). Y entonces, ¿qué seríamos? Si perdemos todo, ¿no seríamos acaso lo que de verdad somos?

Lo que tenemos, nuestros seres queridos, nuestros hijos por ejemplo, son tan preciosos en nuestro corazón. No se crea que esté proponiendo yo aceptar la pérdida de lo que amamos. No, no la aceptemos. Pero tal vez podemos contemplar con cierto interés la pérdida de la ilusión, el perder todo aquello que no somos.

No se crea que la propuesta sea no tener miedo. ¡No! Al contrario: tengamos miedo. ¡Es bien precioso tener miedo! El problema sería justamente “no tener” el miedo que tenemos. Qué descortés somos con nosotros mismos, sin sentir lo que sentimos. Llevamos siglos de cruel descortesía con nuestra propia alma y nuestros propios sentimientos.

En otras palabras, no estaríamos viviendo. Quiero decir, esa es nuestra ilusión cultural. Estar inertes. Inertes igual que un virus o un fragmento de ácido desoxirribonucleico. Simplemente una “cosa”. No estoy aquí enfatizando la distinción entre vida y no-vida, de hecho ni siquiera una piedra es inerte en cuanto tiene movimiento, en cuanto sea vista y en cuánto tiene relación.

Las piedras ocultas


Respetada Estrella Diminuta, eres parte nuestra, mismo que los aires contaminados, los bosques en retirada y los animales desaparecidos. Mismo que las piedras ocultas de nuestro ser interior. Al aparecer, has enfermado y matado, pero con tu brillo reaparece el brillo de la vida. Tal vez reaparece algún animal por ahí, tal vez se liberan los aires y las montañas retoman su nitidez. Regresan los pajaritos.

Nos regalaste el detener de las rutinas, la ralentización de los ritmos, y dejaste aparecer en mi interior la piedra inabarcable del hacer. Incluso cuando dejé de hacer mi interior siguió haciendo, como si hubiera una deuda impagable. Estrella Diminuta, no puedo más seguir así, procurando eternamente hacer todo lo que está en mi lista “por hacer” por una paz inalcanzable. No me deja estar con mis hijos, no me deja estar conmigo mismo, con mi amor y con la vida.

La Agonía de la Separación


Con mis compañeros de la asamblea holista por Chile, nos sentimos convocados a honrar el patriarcado Viendo su muerte: realizando su funeral el pasado solsticio de diciembre. Y, consecuentemente, nos declaramos en duelo. Este duelo, simbólico y real (no es tan grande la distinción), involucra graves pérdidas. La pérdida, por ejemplo, de la certidumbre y sentido de seguridad que nos ofrecía la civilización hasta hace poco. No estoy ridiculizando esta seguridad, más bien la estoy honrando, agradeciendo. Vislumbramos puede conllevar cambios serios, terribles… Curiosamente, al momento en que alguno de estos temidos e inéditos cambios ocurre, ocurre también que estamos listos… De pronto, respiramos y podemos Vivir.


Como que no pasara nada cuando acaba de pasar el más rotundo opuesto de nada... En la agonía y en el duelo, todo se va haciendo Uno.

Qué hermosas heridas nos ha dejado el patriarcado: la cultura de la separación. Hermosa la herida del miedo. Me da gusto reencontrarme con el miedo de manera amistosa, cariñosa. Por fin, no me molesta en absoluto que otras personas tengan miedo, preocupación o adrenalina. Me parece totalmente bien, no solo tienen toda la razón si no que es muy sana su expresión.


La libertad adentro de una nuez


Gracias a los gobiernos y autoridades de salud que hayan implementado exactamente los discursos, las medidas y decisiones que han tomado. No es que yo haría algo distinto. No es eso. Las decisiones de las autoridades, incluso las restrictivas, no me restringen, no me agreden. Siento que me hacen bien: por ejemplo, me hacen fluir hacia la detención, hacia el cambio de ritmo. Gracias por ser humanos igual que cada uno de nosotros. Me siento tan similar a uds. Gracias también por protegernos, por procurar (y seguramente lograr) que la pandemia se expanda mucho más lento y con menos daño que lo que potencialmente podría ocurrir. Gracias especialmente por ser parte de la disrupción civilizatoria, por este movimiento paradojal del detenerse donde enteros mundos nuevos se hacen posibles.

No estar en guerra, no contagiarse de la adrenalina y el cortisol nos hace preocuparnos de ser juzgados como irresponsables. ¿Seré irresponsable por estar tranquilo? ¿Será que si yo dejara que mi hijo ande en bicicleta por el fraccionamiento de sus abuelos estoy siendo co-responsable de la expansión de la enfermedad?

No es que yo esté en rebeldía frente a las distintas medidas que vayan adoptando las autoridades. Las escucho, no las niego. Con mucha gratitud, no tengo necesidad alguna de estar en contra de ninguna norma. Me parece que con el simple fluir de la vida no hay tanto espacio para ser irresponsable. En otras palabras, sin esfuerzo alguno, cumplo las normas a mi alrededor sin siquiera proponérmelo. Ocurre. Me tienta pensar que el mundo a mi alrededor tiene mucho MUCHO que ver con mi mundo interno. No existe gran manera en que pueda haber disonancia entre yo y lo que me rodea. Qué alegría verlo así.

Ya no me siento amenazado por los posibles juicios, y de pronto me encuentro con que nadie me está juzgando. La libertad entera se esconde adentro de una nuez.

Dicen que a lo único que hay que temer es al miedo. Culturalmente es una manera de decir que lo que “hay que hacer” es no tener miedo, y lo que “no hay que hacer” es tener miedo. Ahora me encuentro aceptando mi miedo. ¿Cómo podría uno no tener el miedo que tiene? ¿No es bastante absurdo? Tal vez al tener el miedo que tengo (aceptarlo, sentirlo), se me hace plenamente natural aceptar el de los demás. Va desapareciendo la ilusión de la separación entre lo bueno y lo malo. No hay algo “mejor” que hacer que lo que estás haciendo, tal cual.

Medicina para la herida de la ciencia

Me pregunto, Corona Virus, si me ayudarías en mi deseo de desmoronar la confianza exagerada en los dogmas de la ciencia. Parece que todavía me lastima porque de lo contrario no estaría preocupado de que lastime a mis hermanos y hermanas, haciéndoles creer que deben ser “realistas”, que la realidad que los rodea debe tomarse en serio, con la verdad de la Razón. Que los hechos deben aceptarse cual materia inerte desprovista de espíritu.

Sobre todo cuando la emergencia apremia, debemos acudir a nuestro Patriarca, Nuestro Señor Ciencia. Creemos que si nuestra doctrina es la de creer en los hechos que observamos, nos mantendremos libres de toda irrealidad. Pero poco hemos observado en nosotros mismos aquello que observa, porque para eso hay que sentir. Demasiado hemos concluido que la realidad es ajena, física, cartesiana.

El dogma de la ciencia nos hiere porque determina que el corazón humano no es suficiente, y en consecuencia nos desvía justamente de lo central: el universo mismo que ocurre enteramente en la humana simpleza de nuestro corazón. Mientras la realidad sea una realidad externa, compuesta por hechos, decisiones y circunstancias externas, nuestro corazón siempre será débil, impotente, y nuestra felicidad nunca podría depender completamente de uno mismo, o bien la única felicidad disponible sería la de aceptar una felicidad a medias. Creo que nos espera un misterio de la vida mucho mucho más interesante de lo que imaginamos.

Tal vez, querido Señor Ciencia, nos protegiste del dolor que sentiríamos si sintiéramos todo. Tal vez has sido la compasión que pedimos para abrir el corazón poco a poco.