El perdón y la justicia de la unicidad

Mi mujer Javiera no me ha sugerido que escriba sobre el perdón, como lo hizo hace algunos años cuando me invitó a que escribiera sobre La compasión. Quiero, sin embargo, dedicar este ensayo al perdón en nuestra relación.


Alguien tiene la culpa

En nuestra cultura (de la separación) estamos acostumbrados a que cuando usamos la palabra “perdón” es porque alguien hizo algo mal. Entonces, “pedir perdón” por ejemplo tiene que ver con humillarse, con debilitarse, tal vez con sentir vergüenza de reconocer algo incorrecto de uno mismo.


En nuestra cultura, que es una cultura de la separación, hemos separado entre “los buenos y los malos”, y lo correcto y lo incorrecto. Hemos separado el bien y el mal incluso adentro del ser humano: se supone que tenemos corazón pero que también tenemos ego, o pecados, y esa parte de nuestro ser debiera ser derrotada.



Separar la vida entre lo correcto y lo incorrecto tiene algunas consecuencias. Primero, siempre vamos a necesitar una doctrina externa que determine qué es correcto y qué no. Las doctrinas de lo correcto/incorrecto van cambiando en el tiempo en su evaluación de qué es correcto y qué no. Por ejemplo la esclavitud ya no es correcta para la mayoría de la gente.


Observo que vivimos defendiendo la doctrina de turno muy tenazmente, la necesitamos con fervor religioso: perderla sería el caos total.


Segundo, no puede uno, en un mundo donde existe lo correcto y lo incorrecto, confiar (ni siquiera) en uno mismo. Por ende, necesitamos también una autoridad externa, institución legitimada y legitimizante, que fiscalice, que premie y que castigue. Interesantemente, una versión de esa autoridad externa habita adentro de uno mismo, como un agente-sucursal de la policía y de los tribunales que se auto-fiscaliza. No hace falta decir, esto es doloroso.


Tercero, la cultura que separa correcto e incorrecto nos somete a una interminable necesidad de mejorarse a uno mismo, lo cuál nunca será suficiente para el honesto. Los menos honestos tendremos que convencernos que “ya llegamos”, que ahora sí pertenecemos al bando de “los buenos”, aquellos que no lastiman a nadie y que hacen lo correcto.


Pero eso se transforma en una idealización terrible del ser humano, que tendría que dejar de ser humano y pasar a ser perfecto en cuanto a todos los estándares (es decir, una persona que hace solo lo correcto y nada incorrecto).



Sin embargo, mucho de lo incorrecto sigue ocurriendo. Por ejemplo, se puede decir que la esclavitud sigue ocurriendo solo que ahora es disfrazada con un salario mínimo. El racismo sigue ocurriendo, el machismo sigue ocurriendo, etc. Por mucho que ciertas prácticas dejen de ser culturalmente aceptadas (por ejemplo pegarle a la mujer en público), la violencia esencial del asunto nunca dejó de ocurrir. Sólo cambió de forma, tanto en el racismo como en el machismo por nombrar un par de ejemplos.


Habiendo incorrecto, hay necesariamente castigo. Lo que pasa es que el castigo difícilmente sana. A un perrito se le puede enseñar a que no muerda los zapatos castigándole con un periódico. El castigo puede en el mejor de los casos cambiar un comportamiento, pero no cambia el motivo interno ni las circunstancias externas que conducen a esos comportamientos incorrectos. Entonces lo que ocurre realmente es que el comportamiento se reprime y tarde o temprano se manifiesta de otra manera, básicamente en otro comportamiento dañino para si mismo u otros.

El castigo no sana. El control no sana. La represión no sana. El odio no sana. El amor sana.

Esta no es una apología del amor (de hecho no estoy diciendo nada nuevo), como para que se transforme en una nueva dualidad de correcto (amor) e incorrecto (no-amor).


Sin embargo, todos tenemos comportamientos que hacen daño a otros seres humanos (o a la vida en general). Desde los atroces: asesinatos, violaciones etc., hasta los que hago yo a mis seres más amados de mi vida: mi mujer y mis hijos. Al decir esto, espero salirme de la narrativa de que hay algo malo en mí, o que debiera avergonzarme con esta verdad.


Mi perdón

Al fin y al cabo, soy humano común y corriente, ¿verdad? Y la vida se trata de ser humano, y no de ser una versión ilusoriamente perfecta de lo que somos en realidad. En mi caso personal, mientras recorro esta vida hermosa maravillándome de los preciosos tesoros que descubro desde la visión de la unicidad de la vida, encontrándome con mi plenitud y con insospechada libertad y con la alegría y gozo de compartir esto en mis talleres y escritos, también me encuentro con que todo lo que recién dije es ridículamente absurdo.

Como me dice mi mujer, “ahora que estás en estado zen” ayudándome a reírme de mi mismo.

En realidad, al recorrer la unicidad no me encuentro con la ilusión de la luz, sino que me encuentro cada vez más humano.


Me encuentro, notablemente, dándome cuenta de más (y no menos) de mis neurosis e histerias. Dándome más cuenta que -no sé porqué- a mi esposa vivo juzgándola, exigiéndole que haga lo que sea “mejor”. Resintiéndola, mismo que amándola. Por suerte, no hay falta de amor en el asunto.


Si te pido perdón y acepto una culpa, y acepto que hice lo incorrecto, necesito un castigo que me bendiga. Entonces, hago algo mejor...


Hagamos algo mejor. Salgámonos del “yo te pido perdón” / “yo te perdono” y encontrémonos con el perdón que es regalo: nadie perdona ni nadie es perdonado, nadie lo hizo mal. Simplemente perdón en nuestra vida por lastimarnos unos a otros.


Mientras no hay perdón hay una deuda. Alguien es deudor y alguien acreedor (¡en muchos casos ambas partes son tanto acreedor como deudor!). La deuda se puede saldar con castigo o con justicia lineal. El mejor ejemplo de castigo es la cárcel, o una multa. En términos más generales, la justicia lineal (o justicia de la separación) tiene que ver con decrecer el bienestar del acreedor (perpetrador) y aumentar el bienestar del deudor (víctima). La justicia de la separación siempre tiene que ver con una ecuación lineal, pero voy hablar de esto más adelante.


El perdón de la unicidad

Rescatemos el significado esencial de la palabra perdón: prefijo per (indica acción completa y total) y donare (regalar). O sea, el perdón es un regalo incondicional (para que sea completo debe ser incondicional). Es un regalo que se da y se recibe al mismo tiempo, con mayor razón desde el punto de vista de la unicidad.


O sea cuando hay castigo o cuando hay justicia lineal nunca hay perdón. No hay un regalo incondicional, solamente se salda la deuda.


Por mucho tiempo me fue muy difícil perdonar a algunas personas. Reflexioné, aquellos años, que me ayudaría tanto que esas personas me pidieran perdón. Al menos que mi verdad fuera legítima, mi historia fuera vista por ellos. Mi experiencia fuera legítima, y no marginalizada y juzgada, nuevamente, como incorrecta. En otras palabras, quería perdonar condicionado a que me pidieran perdón. Pero yo sabía que eso nunca iba a pasar, nunca me pedirían perdón, pues cuando alguien habita en otra narrativa toda la historia se mira de acuerdo al hábitat. Sabía también, que perdonar era para mi propio bien, y lo intenté. Intenté perdonar pero no lo logré.


En ese momento, perdonar era tan parecido a castigarse. Era un gesto de humillación, de debilitarse frente al poderoso. Tal vez por eso no funcionó. Por dentro seguía odiando, deseando de tanto en tanto, que algo malo le pasara a esas personas. Deseo que era en contra de mis propias intenciones. En fin, obviamente no estaba en paz. Solo puedo decir que en un momento acepté que jamás podría dejar de sentir ese resentimiento, porque por más que lo intentaba ese resentimiento persistía. Entonces, en ese rendirme, el resentimiento desapareció.


Entendí que el perdón no lo hace uno, lo hace la vida y el espíritu. Lo único que toca, creo, es observar y aceptar y lo que sea que cambie cambia solito.


Entonces yo no perdoné. Más bien el perdón ocurrió. Es como el amor, que no es “alguien que ama a alguien”, sino que es. Simplemente es. Dejé de necesitar castigo. En realidad el castigo que deseaba al otro era también el castigo que deseaba a mi mismo. Dejé de necesitar justicia. Es tal vez, el camino de unicidad donde al liberar a otros me libero a mi y vice-versa. Se desvanece la carga de la separación entre lo correcto y lo incorrecto.

Y en eso me dí cuenta que el perdón era todo uno. Unicidad.

Por ejemplo, en mi necesidad de perdonar había a la vez una necesidad de pedir perdón. El regalo que supuestamente le hago a otra persona si la perdono, era en realidad un regalo a mi mismo. Al dejar de necesitar perdonar, dejé de necesitar pedir perdón. Incluso: al dejar de creer que había algo malo en mi por no poder perdonar por mi propia voluntad, el perdón ocurrió involuntariamente. De regalo.


A las finales, el perdón es puro regalo. Ahora no pierdo oportunidad de pedir perdón, si intuyo eso puede ser un regalo para otra persona. El intentar ver que ciertas de mis acciones lastiman a otros por el simple hecho de ser humano. Ese ver, es un regalo. Porque con el perdón de la unicidad no pierdo nada: no me debilito, no me humillo. Me libero.


En cuanto a perdonar, observo todo lo que no perdono. Lo observo no más. Y sé que aquello va caer solito.



En la unicidad, no es que deje de haber separación. La unicidad incluye la separación, de lo contrario sería otra forma de separación. En la unicidad, vislumbro, la distinción entre correcto e incorrecto sigue existiendo (que diga esto seguramente es un alivio para ud señor lector ¿no es así?). Solo que es diferente. Los juicios siguen existiendo, pero son diferentes. ¿Cómo explicarlo? Sencillamente, existen libres de carga emocional. Tal vez sea eso.


Cuando se borra el dogma de lo correcto separado de lo incorrecto, el ser humano es libre por fin de confiar en si mismo. No tiene que obedecer a las autoridades morales externas (ni siquiera las alternativas anti-sistema que son casi lo mismo). No tiene que obedecer ni siquiera a la sucursal de ellas que habita dentro de sí. Solo tiene que ser leal a si mismo.


Cuando el ser humano entiende que no viene con fallas de fábrica, que no está hecho de otra cosa que bondad, entiende que no tiene que eternamente mejorarse a si mismo (que nunca será suficiente). Entiende que es suficiente tal y como es. Que la vida se trata de ser humano. Y que todas las manifestaciones dañinas del ser vienen sencillamente del dolor, de la herida del trauma humano de la separación.

Todo eso ocupa compasión, perdón y amor incondicional. No ocupa castigo, ni represión, ni exclusión. Es para valientes.

Yo no sé mucho más que esto porque apenas lo estoy viviendo.


La justicia de la unicidad

Decía más arriba que la justicia lineal o justicia de la separación tiene que ver con decrecer el bienestar del perpetrador y aumentar el bienestar de la víctima. La justicia de la separación siempre tiene que ver con una ecuación lineal.


Primero que nada, en la visión de unicidad de la vida todos somos uno, nadie está separado. Entonces, perpetrador y víctima son uno solo. Por ende no existe manera de decrecer el bienestar de uno para aumentar el del otro. Si todos somos uno, decrecer el bienestar o felicidad de quien sea decrece la felicidad de todos. Por otra parte, liberar la felicidad de quien sea, libera la de todos. El castigo nos castiga a todos. Nos empobrece a todos.


La justicia de la unicidad, por tanto, requiere procurar que el perpetrador se haga feliz.

Se sane, por ejemplo, de aquel dolor o trauma que lo condujo a hacer daño. Deberíamos transformar nuestras cárceles en espacios de sanación, de compasión incondicional a esas personas.


Foto por Pablo Mardones

Radical, ¿verdad? Eso a nivel político-social, en cuánto a lo que llamamos crímenes o delitos.



Por otra parte, en nuestra vida más cotidiana, en nuestras relaciones, en la vida de pareja o con los hijos. Cuando uno lastima a alguien, la justicia de la unicidad invita a ser más feliz (¡y no menos!), a nombre de aquella persona que uno lastimó.


Justamente en honor a esa persona y esas circunstancias. Sabiendo uno que la felicidad propia no hace otra cosa que bendecir la felicidad de los demás.


Diría que yo honro a otra persona cuando a nombre de ella hago crecer mi voluntad de liberarme y ser feliz. Esa voluntad es súper importante, súper sagrada en mi experiencia, y si hay algo que la haga crecer es cuando sé que no es solo para mi.


El abandono

En nuestra cultura actual es fácil confundir esto que estoy hablando con el abandono. Cuando un padre abandona a sus hijos, ya sea literal o sutilmente, no lo hace realmente a nombre ni de su felicidad propia ni la de sus hijos. Más bien es un acto muy triste de dar por hecho que uno no es capaz, que uno no es suficiente para cuidarlos.


El abandono es en el fondo el acto mayor de desamor propio, más que desamor a los abandonados. Y siento nuestro contexto cultural de separación está lleno de razones para creer que uno no va poder cuidar bien de sus hijos! Por eso hay epidemia de abandonos, mayoría sutiles. Los que abandonan, tampoco lo están haciendo mal. También ocupan perdón incondicional.


El ser humano que vive en el contexto de la unicidad, sabe que se vale ser tal y como es, que no tiene que ser perfecto respecto a lo correcto/incorrecto. Y que cuando lastime siempre habrá el regalo del perdón (por favor, no confundir: ¡no es lo mismo que aceptar que uno es mala persona!).

"Nadie lo está haciendo mal", principio fundamental de la unicidad.

Conociendo que el regalo de la vida es la unicidad de todo, no es nada difícil saberse en la suficiencia. No es tan difícil confiar. En la unicidad, no es posible el abandono porque uno no puede estar contento mientras otra persona haya sido lastimada por mis acciones.


A nombre de haber lastimado, ¿qué puedo hacer que sea hermoso, que sea leal conmigo mismo, que libere belleza o felicidad para ambos? Tal vez puedo hacer una acción concreta como pedir perdón, o invitar a comer a esa persona, cosas que son regalos para ambas partes. Tal vez puedo reparar lo que sea que rompí, por ejemplo el cristal de una ventana. Si ese tipo de acciones concretas (no castigos), no están disponibles, todavía tengo una opción:

comprometerme a ser verdaderamente feliz a nombre de ese daño que hice.

Que el abandono sea posible, es una ilusión más de nuestra cultura de la separación. Sería entender lo que estoy diciendo todo al revés: dado que está el regalo del perdón incondicional, entonces puedo hacer lo incorrecto y abandonar mi responsabilidad.



El perdón de la separación. El perdón de la carencia. El perdón de sentirnos insuficientes. El perdón de lastimar a los que amamos. El perdón de ser agredido. El perdón de la ciencia patriarcal.